Tiene veinticuatro años, un metro sesenta de altura y mucho potencial por mostrar. Desde niño vive enamorado de un arte que lamentablemente no es muy apreciado en un país como el nuestro. En un país que vive embobado, enfocado y esperanzado, sin tener razones para estarlo, en once hombres poco o nada apasionados por lo que hacen, que corren torpemente detrás de una pelota y que no son capaces, desde hace décadas, de dejar el nombre del Perú en alto. Sin embargo, eso lo que menos le importa, su mundo es vivir y luchar por lo que ha hecho con tanta pasión desde hace veinte años. Cuando, al parecer, por obra del destino, su padre lo llevó a una conferencia llevada a cabo en el Estadio Nacional, en la que los ponentes mostraron algunos videos que atrajeron al instante la atención de aquel niño de seis años. “Yo veía a Bruce Lee pelear en esos videos y pensé que Karate era ver videos, por eso le pedí a papá que me inscribiera en Karate”, recuerda.
En este último encuentro, me doy cuenta de que este joven, cuyo apellido paterno describe a la perfección su color de piel: Moreno, es mucho más humano, amigable y bromista de lo que pensé el primer día que lo conocí. Recuerdo que aquel día se mostraba un tanto parco, serio y hasta rígido; al punto de que me pareció una persona poco accesible. Tuve la impresión de que la práctica del Karate lo había formado así, pero me equivoqué. Ahora puedo reconocer que lo juzgue mal, muy mal. Incluso, por poco, cometo el grave error de dejar atrás la idea de escribir un perfil acerca de él. Me preguntaba cómo podía hacer el perfil de una persona que hablaba tan poco o que si lo hacía soltaba palabras secas y directas, sin darle, como se dice, más relleno al asunto. Pero decidí terminar lo que ya había empezado y sobre todo aferrarme con ese alma de periodista a cumplir con mi propósito: tomar confianza con el reconocido karateka o, mejor dicho, que él me la tome a mí.
Se trata de Jimmy Moreno Moreyra, uno de los más importantes integrantes de la selección peruana de karate desde hace seis años, reconocido varias veces como el mejor deportista juvenil y, hace pocos meses atrás, acaba de quedar tercero a nivel mundial en el campeonato de
Claro que para obtener estos títulos han sido necesarios una serie de sacrificios, esfuerzos y luchas constantes. No es fácil, para cualquier deportista, llegar a ser uno de los que pertenece al más alto rango de apoyo del Instituto Peruano del Deporte (IPD), es decir estar entre los deportistas que se pueden dar el lujo de vivir de lo que hacen. Jimmy hace karate y vive del karate. No le tiene rencor ni envidia a los futbolistas, ni mucho menos vive quejándose del poco apoyo o reconocimiento que recibe de las empresas privadas y de los medios de comunicación respectivamente. No le gusta lucirse ni gritar a los cuatro vientos todos los títulos que ha venido obteniendo desde el 2003. Es reservado y le gusta disfrutar los logros obtenidos en el cálido ambiente de su casa, en el activo mundo que se vive en las academias donde enseña y en el alegre entorno de amigos que lo rodean.
En ésta última cita, me confiesa su temor a formar parte de la horrible, triste y sobre todo penosa realidad, que ha podido observar a través de otros deportistas, como por ejemplo los futbolistas, pues muchos de ellos hacen lo que hacen no por amor al chancho sino a los chicharrones. “No me gusta mucho la fama ni el dinero, porque eso te hace perder tu esencia, ya no haces las cosas porque te gustan, sino porque te convienen”, me asegura con la mirada firme y con ademanes un tanto toscos que, por un momento, me parece que estuviera practicando la danza que a él tanto le fascina y que tantas alegrías le ha dado: el kata. Como él dice, no se promociona ni busca hacerse publicidad tal vez por miedo a entrar en las largas filas de aquellos deportistas marketeros que hacen las cosas más por amor al dinero que por amor al arte. Él no es un deportista marketero ni pretende serlo. Así se siente bien, vive tranquilo, disfruta de la vida y es feliz. Sin cámaras, sin flashes y sin el odioso acoso de la prensa. Junto con Akio Tamashiro y Hafid Zevallos piensa llevar ese tipo de vida: placentera, meditabunda y apacible. En la que nada ni nadie lo moleste ni lo estorbe haciéndole ampays ni persiga sus pasos. Tal vez por eso no envidia a los futbolistas, mas bien, según lo que me dice, es, precisamente, él el que debería sentirse envidiado. Pues con los dos mil nuevos soles que le paga el IPD mensual más el dinero que gana enseñando en otras academias le basta y le sobra.
A lo que sí aspira es a seguir ganando, pero no dinero, sino nuevos triunfos, conquistar nuevas tierras y llevarse consigo nuevas medallas para sumarlas a las que tiene y las que me muestra con una admirable, envidiable e invencible humildad. Son tres pesadas y hermosas medallas las que ha ganado en los últimos dos años. Me permite observarlas, admirarlas y contemplarlas una por una: Primer puesto en el campeonato sudamericano de
Cada día es un nuevo reto y los días particulares de la semana no se distinguen de los feriados, sábados o domingos. Porque todos los días, sin excepción, se levanta a las cuatro de la mañana, hora clave, pues a esta hora empieza su rígido, estricto y parametrado entrenamiento. No son los simples entrenamientos que realizan los deportistas amateurs, son entrenamientos estrictamente calculados, cronometrados y controlados por un entrenador particular que el IPD le ha asignado especialmente, no solo a él, sino también a sus compañeros de kata: Akio y Hafid. Los tres, sin excepción, llevan a cabo estos entrenamientos; sin importar ni el día ni la hora, pues Jimmy se ha acostumbrado a este régimen desde hace más de seis años atrás.
El solo hecho de pertenecer a la selección peruana de karate implica un mayor compromiso, entrega y dedicación; más aún cuando se tiene, en un curriculum de karateka, un sinnúmero de logros obtenidos a través de los últimos años. Además, la lista de requisitos y condiciones que tiene que cumplir para seguir contando con el primer nivel del IAD (apoyo que le ofrece el IPD al deportista) es infinita, entre ellas, la más difícil es no bajar su alto rendimiento deportivo. Rendimiento que se vio afectado, para colmo de males, un año después de que lo invocaran como parte de la selección de karate, pero esto no se debió ni a su descuido ni a que llevaba una mala vida en aquel entonces, como tal vez muchos piensan cuando de un deportista se trata. Este resbalón lo tuvo que pagar por amor al karate y por el compromiso que implicaba ser profesor de este hermoso arte. Me comenta, con un notable aspecto de haber superado lo sucedido en aquel entonces, que cuando debutó como profesor de
Sin embargo, este exitoso deportista no se ha podido escapar de las jugosas, atractivas y atrayentes ofertas provenientes de los otros países de la región. “Me han ofrecido ser entrenador de la selección de Ecuador y de Uruguay”, confiesa. Pero ante la pregunta de que si las aceptaría o no, muestra una clara duda acerca del tema, duda que no puede sustentar con suficientes porqués. Deduzco, según lo poco que lo conozco, que ello se debe al temor de dejar a un lado a su familia, sus amigos, su trabajo, su vida como karateka en el Perú, el temor irresistible sobre todo a empezar una nueva vida lejos de los suyos, sin tener a ningún familiar en esas tierras si bien no lejanas, desconocidas. Porque es acá, en su país, donde tiene prácticamente toda una vida hecha, un proyecto de la misma, una planificación a largo plazo de lo que quiere y no quiere hacer, de lo que puede obtener y de lo que no. Pues es aquí, en su patria, donde no solo tiene reconocimientos suficientes por parte de sus amigos, familiares y alumnos, claro está; sino que además recibe suficiente apoyo por parte del IPD, goza de varios trabajos seguros como es el de profesor de Inicier, de distintos colegios y, como por si fuera poco, cuenta con su propia academia de Karate Do. Todo ello es suficiente como para no querer arriesgarse a abandonarlo todo en búsqueda de otras alternativas, cuya elección no sabe si será la mejor. Por ello, ha planificado los objetivos que piensa lograr a largo plazo, como por ejemplo el llegar a ser entrenador de la selección de karate. Un título que solo se le confiere a los mejores y a aquellos que, por supuesto, han alcanzado una serie de logros de admirar en el rubro. Es conciente de que no toda la vida será integrante de la selección, la práctica deportiva del karate tiene un cierto límite de edad, ya sea los treinta o treinta y cinco años, claro que todo ello depende de la preparación, condición y forma física del deportista. Un claro ejemplo de ello es su íntimo amigo y colega: Akio Tamashiro, que a pesar de tener poco más de treinta años, sigue perteneciendo a la selección peruana de karate, por ende no deja de participar en los diferentes campeonatos oficiales de Karate Do a nivel internacional en búsqueda de nuevos triunfos. Un papel que Akio ha venido desarrollando muy bien en los últimos años, convirtiéndose, de esta manera, en un ejemplo a seguir para todo aquel karateka con grandes aspiraciones. Es precisamente Jimmy, que fiel a su estilo, sigue los pasos de su colega, al igual que él está obteniendo nuevos y grandes triunfos, teniendo en cuenta los cinco campeonatos mundiales a los que ha asistido y en los que ha dejado el nombre del Perú en alto. Solo para tener una pequeña y evidente referencia de ello, vale mencionar los logros obtenidos en los cinco campeonatos de
La experiencia de Jimmy se deja notar en todo momento. Desde la manera de hablar hasta en la forma de realizar sus entrenamientos. Tiene solo veinticuatro años, pero parece que ha vivido muchos más, pues habla con las cualidades de una persona mayor. Me cuenta lo que le ha tocado vivir gracias al karate: experiencias, anécdotas y vivencias que comparte conmigo y que gustosa estoy presta a escuchar, pues yo también tuve la oportunidad, años atrás, de sumergirme en el maravilloso mundo de las artes marciales, lo que me permite comprender lo que me cuenta y entablar de manera más efectiva una conversación con él, aunque reconozco que en un principio no me fue fácil ganarme su confianza. Sin embargo, no solo me da la oportunidad de ser testigo de su faceta como profesor de karate, en la que ha demostrado dedicación, preocupación y paciencia, sino también como alumno, así que puedo presenciar uno de sus entrenamientos, el que lleva a cabo en una de las instalaciones deportivas de
En efecto, Jimmy me ha demostrado, desde que lo conozco, que realmente ama lo que hace, vive enamorado del karate y creo que es sumamente difícil que abandone esta carrera, una forma de vida que le ha dado tantas satisfacciones, alegrías y sobre todo lecciones. Pues para ser un buen deportista no solo es necesario tener un excelente rendimiento, sino también gozar de un equilibrio psicológico y espiritual, cualidades que se encuentran en una persona como Jimmy.
Han sido aproximadamente ocho días en los que he tenido la satisfacción de conocer a un deportista de tal envergadura como lo es Jimmy Moreno, ocho días en los que me he podido dar cuenta del legítimo y verdadero amor al arte que es capaz de sentir una persona por lo que hace, sin dar marcha atrás en los momentos difíciles y sobre todo sin saber siquiera lo que significa la palabra soberbia, a pesar de todos los logros obtenidos.
Lo conocí como un profesor más de
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