El día era frío, húmedo y nublado. Unas nubes grises se apoderaban de las calles de la concurrida avenida Abancay, parecía que aquella tonalidad monocroma -que reinaba en el ambiente- se debía única y exclusivamente al constante monóxido lanzado por las combis, buses y ticos, que por cierto se asemejan más a chatarra que a sólidos vehículos dignos de usar. El ambiente era, como siempre, recargado. Muchos carros, demasiada gente, decenas de ambulantes, olores desagradables y espacios estrechos. Nada en especial. Todo era común. Lo usual. A lo que estamos acostumbrados.
Sin embargo, es increíble cómo nos hemos adaptado a la llamada cultura combi, en la que reina lo informal, el desorden y el caos. Peatones que cruzan las pistas en paraderos no autorizados, “aprovechando” que filas de buses están medio estacionadas pasan entre sus angostísimos espacios. Comerciantes que con sus bolsones de mercadería desafían el ir y venir de los autos, toreándolos como si fuesen carritos de juguete. Para completar nuestra policroma forma de vivir, tenemos también a policías de tránsito que, a pesar de que “dirigen” la marcha de una manada de vehículos, toleran a las desafiantes combis que no respetan ni a ancianos, ni a niños, ni a nadie.Es indignante que todo ello suceda ante nuestros ojos, y que nos hayamos acostumbrado a eso, pensé. Luego de que un hombre en edad adulta y al parecer de clase media; mientras conversaba por celular, subía apresuradamente -tambaleándose de un lado a otro- a una combi a medio andar; en medio de la pista, a varios metros del paradero autorizado y a pocos pasos de dónde estaba la “autoridad” policial. Lo curioso es que después de haber puesto en riesgo su vida, antes de colgar, le dijo a su interlocutor: “Está bien. Le voy a decir que se cuide”. Yo que estaba sentada cerca a la puerta del carro, lo primero que se me pasó por la mente fue: “¡Qué caradura!” Pero luego me di cuenta, además de todo el caos al que nos hemos adaptado, que muchas personas hacemos una cosa y aconsejamos otra. Triste. ¿No?
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